BLANCA LAINEZ

Consciencia Obstétrica

BLANCA LAINEZ

Consciencia Obstétrica

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Historia de un parto | Testimonio

La primera vez que nos vimos con Blanca, estaba de 30 semanas, habíamos contactado con ella ya en el tercer trimestre del embarazo.

La confianza surgió rápido. Nos habían hablado de ella, pero en seguida nos dimos cuenta de que la forma en que enfocaba el embarazo, el parto, la pareja, la crianza nos gustaba mucho.

Ella nos recordó que estaba en nuestras manos que el embarazo fuera saludable física y emocionalmente, que aquella pequeña que crecía dentro de mí se estaba formando con aquello que le llegaba de nosotros día a día y nos ayudó a tener presentes unos hábitos que nos facilitarían acabar de tener un buen embarazo y aproximarnos al parto con seguridad y entereza.

La alimentación, las emociones, el ritmo, el amor, todo iba nutriendo nuestra pequeña Lluna.

El embarazo pasó de la semana 41 y, aunque estábamos tranquilos porque nos informamos mucho, el entorno nos generaba cierta ansiedad por la impaciencia y el no entender que se puede esperar a que el bebé esté preparado, a que los cuerpos hablen, siempre que todo esté bien, como era el caso. Afortunadamente Blanca trabaja maravillosamente con las emociones, y con su habilidad en detectar por donde flaqueábamos, conseguimos disipar la ansiedad y seguir disfrutando de la incertidumbre de no saber cuando iba a ser el momento, de soltar el control y saborear la magia.

Finalmente en el dia 41+3 al atardecer, del día antes de Sant Jordi, llegaron la primeras contracciones del que sería, ya sí, el parto de Lluna.  Lo teníamos todo preparado en nuestro pequeñísimo piso. Al llegar Blanca, unas horas después de aquel inicio suave, consideró que esta vez sí que había arrancado la cosa. Teníamos parto y llenamos la piscina.

Las contracciones, aunque regulares, seguían siendo bastante distantes entre sí y se podría decir que suaves. Las horas pasaban y el parto no se paraba ni con el agua caliente de la piscina, que por cierto era un placer inmenso, y esto era buena señal. Pero tampoco avanzaba. Pasó la noche y el ambiente en casa era como de balsa de aceite. Todo muy quieto, demasiado quieto, incluso. A media mañana, estando ya a día 41 +4, comprobamos que la dilatación era la misma que 6 horas antes y es aquí donde entró en juego la genial habilidad de Blanca de navegar por las emociones, encontrarlas, mirarlas a la cara, poner palabras, tomar conciencia y desbloquear aquello que de alguna manera estaba evitando que Lluna colocara su cabecita para salir.

Vimos la grandeza de ser comadrona, porque ella no miraba solo el cuerpo, el cérvix, la dilatación, miró dentro de mi y gracias a ella supe ver que tenía un miedo. El de no poder querer tanto, el de no saber si sabría ser madre de dos, de no saber si iba a tener tanto amor para dar, como habíamos tenido hasta el momento para Aixa. Lluna sabía que antes de nacer ella, yo necesitaba soltarme, prepararme para recibirla incondicionalmente, sin miedo, abrirme a la vida y al amor y me lo estaba diciendo haciéndome esperar.

Lo hablamos, lo lloramos Rikki y yo, y Blanca nos acompañó en darle forma a esos sentimientos y repetirlo para que mi cuerpo fuera capaz de sentirlo plenamente y de soltarlo.

Y aquí llegó la magia. Aquella frase que Blanca nos ayudó a construir trajo inmediatamente unas contracciones intensas como ninguna de las que había tenido hasta el momento.

Me abrí para ella y ella se puso en la línea de salida provocándome las contracciones que me hicieron sentir más viva que nunca. Noté su cabeza bajando. Grité abriendo bien la boca, relajando todo el cuerpo y en 10 contracciones Lluna salió. Sin que me diera tiempo ni siquiera a pujar.

Con un expulsivo rápido, agradable y muy potente Lluna me agradeció que me hubiera dejado guiar por Blanca, abrazar por Rikki, que me hubiera permitido llorar por el fin de la exclusividad de Aixa como hija única y que hubiera decidido confiar en ella, pequeña como era, en mi cuerpo y en la potencia de la vida misma.

Y allí, al lado del sofà de casa, un día de Sant Jordi a las 14:37 del mediodía, de cuatro patas, cual leona, conocí a Lluna. La abrazamos, me acomodé y ya no nos tuvimos que preocupar de nada más. Con eficacia, rapidez, tacto y máximo dominio de la situación, la misma que había entrado en nuestras emociones y nos había ayudado a encontrar el camino, ahora se ocupaba de que todo estuviera bien, que tuviéramos un buen inicio de la lactancia, que el sangrado fuera el correcto, que el cordón siguiera su curso, que la placenta saliera bien. Incluso gozamos de una clase magistral de anatomía placentaria. Y también se encargó de limpiarlo todo, de vaciar y guardar la piscina de partos. En una hora, cuando llegaron la abuela y Aixa (ya mucho mayor, con esencia de hermana mayor) nadie hubiera dicho que acababa de parir ahi mismo excepto por el globo de oxitocina que lo hacía todo perfecto.

Sé que nos acompañó la persona que tenía que ser. Con otra persona, igual nos hubiéramos quedado en el bloqueo físico, quizás me hubiera rendido.

Gracias infinitas, Blanca, por habernos acompañado en la experiencia más intensa y amorosa que jamás hemos tenido.

/  ALBA MAMÁ DE LLUNA. /

Foto Neus Verdés